Archivos Mensuales: octubre 2012

“Si hay un lápiz en tu bolsillo, existe una buena posibilidad de que algún día te sientas tentado a usarlo”

Tenía que compartirlo.

Papel y lápiz, por favor“, por Alberto Salcedo Ramos

I: Me contó Jaime García Márquez que en cierta ocasión iba paseando en coche por el centro de Cartagena con su célebre hermano mayor. De pronto vieron a una mujer bella caminando por el andén. Gabo quiso decirle algo y por eso pidió que el coche se detuviera. Los dos hermanos descendieron raudamente del vehículo. Y entonces, ¡oh, sorpresa!: la mujer ya no se encontraba en el lugar en el cual la habían visto segundos antes. Intrigados, emprendieron un barrido meticuloso por la cuadra, convencidos de que tarde o temprano la hallarían. Pero sus esfuerzos fueron vanos.

A partir de aquel momento Gabo empezó a fantasear con el destino que pudo haber tenido la mujer. Su imaginación delirante tramaba numerosas conjeturas sobre la misteriosa desaparición. Cada vez que se encontraba con Jaime añadía nuevas teorías, nuevos desenlaces posibles. Así, las conversaciones sobre el tema se convertían en un divertimento maravilloso.

Un día sucedió el milagro: Jaime iba caminando por la misma calle del centro de Cartagena cuando vio a la mujer. Habló con ella, le pidió sus datos personales. En seguida buscó un teléfono para llamar a Gabo a su casa de México y darle la buena noticia. La respuesta que recibió desde el otro lado de la línea lo dejó de una sola pieza:

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Buen viaje, preciosa

Cruzó el bosque sola. Aquella noche ni los reflejos de la luna le hicieron compañía evitando volverse cómplices de semejante locura. Con menos de 15 primaveras, Belissa había sufrido en carne propia lo que el resto padece solo en pesadillas. Ese era un buen día para partir.

Rizos negros, piel canela, hermosa por donde se le viera pero siempre desdichada. Cuatro años atrás su madre dejó este mundo por decisión propia. “(…) sentimientos que no puedo seguir ocultando”, escribió en una carta de despedida colmada arrepentimientos y absurdas disculpas.

Belissa seguía caminando sin rumbo, despeinada por la brisa y con tierra en las mejillas. ¿Qué haría su padre sin ella?, pensó en voz alta. Se respondió de igual manera como si alguien la estuviera cuestionando: “enloquecerá hasta lograr apropiarse de la pureza de alguna otra niña.”

Sandro siempre tuvo en abundancia todo lo que el dinero le pudo facilitar, los lujos eran parte de su vida cotidiana y sentía merecerlo todo. Cuando conoció a la madre de Belissa, supo que esa mujer debía ser suya y no le costó mucho volver realidad su capricho.

Mariela venía de una familia acomodada, pero demasiado conservadora. Sandro se convirtió rápidamente en “su salvador”.  Era huir a su suerte o aceptar la propuesta de matrimonio de un casi desconocido, pero buenmozo y adinerado joven. Se casaron en una ceremonia sin demasiados aspavientos y con la pronta llegada de Belissa nacieron también los primeros problemas.

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