El porqué de mis tatuajes

Empecé a escribir este post en el 2013. Desde esa fecha, mi vida ha sufrido y gozado muchos cambios. Llegué a este borrador de casualidad y en el momento perfecto para terminar el trabajo iniciado. Ojalá lo hubiera publicado antes, he tenido que actualizar muchos párrafos con proyecciones y ambiciones que fueron quedándose en el camino. Ha sido un trabajo a ratos doloroso, sin embargo, hoy encontré la fortaleza para terminarlo y fue sumamente catártico. Este es uno de los textos más personales que he publicado, que sirva para que las personas antitatuajes conozcan el otro lado de la moneda y aprendan a respetar que cada uno es libre de decorar su cuerpo como mejor le plazca.

mis-tatuajes

Cuzco, diciembre 2016. Foto: Livushé Acuña

Lo pensé la noche que volví a casa con un tatuaje nuevo. Traté de reflejarme en el espejo del ropero pero mi visión era limitada. Por un lado veía aves y por el otro un diente de león pero no lograba ver la composición unida.

Quería hacerme un nuevo tatuaje a pesar de haber pasado poco tiempo desde que me hice el anterior. Busqué, guardé, volví a buscar diseños y ninguno me pareció suficientemente bueno. Me reí imaginando que tal vez en un tiempo ni los que ya me había hecho me parecerían buenos.

Años atrás expuse en la universidad sobre la discriminación potencial que sufrimos quienes optamos por adornar nuestro cuerpo con tatuajes y/o piercings. Hablé de historia, materiales, razones (ajenas y personales), experiencias y  riesgos. También sobre las oportunidades laborales que podríamos perder, la sangre que no nos permiten donar aún pasado el tiempo reglamentario, la posición de la iglesia y el nivel de aceptación según estratos y generaciones.

En esa exposición, de mi cosecha personal solo aporté que me tatuaba y me ponía piercings porque sentía que mi cuerpo era un lienzo, mi lienzo, y que tenía la libertad de ornamentarlo con el mismo afán con el que decoro mi dormitorio. Mentí.

No fue conscientemente, en ese momento estaba convencida de que eran simples adornos. Tal vez cuando tenía 15 o 16 años y le dije a mi mamá que me tatuaría pronto era simple rebeldía, pero hoy sé que hay mucha más historia detrás. De hecho, recuerdo de esa época que soñaba con casarme algún día vestida de un color claro que hiciera contraste con mis brazos cubiertos de tatuajes.

Mi boda, marzo 2017. Foto: Livushé Acuña.

Llegué a los 18 años con la piel limpia y el deseo latente. Tuve el dinero y lo gasté. Cuando finalmente me decidí por un diseño, volvió a mí una antigua alergia y estuve impedida de hacerme cualquier cosa en la piel por prescripción médica.

Mi primer tatuaje fue un impulso grupal con mis amigas del cole. Si lo hubiéramos planeado estoy segura de que no nos lo hubiéramos hecho. Salimos a caminar lata de cerveza en mano sin la más mínima idea de qué tatuarnos, pero con la firme decisión de hacerlo.

Llevo mi inicial, la de Glendy, Pamela y Yuli en el tobillo izquierdo. El tatuaje no tiene un diseño definido, ni siquiera podría decir que es bonito, pero tiene un increíble significado sentimental para mí y esas tres señoritas a las que adoro. Hace algún tiempo estamos buscando un diseño que nos guste a las cuatro para hacernos un cover con una imagen linda.

Archivo, diciembre 2009.

Estuve postergando mi segundo tatuaje durante un montón de tiempo aunque no por causa mía. Es una pieza de rompecabezas en mi muñeca izquierda. Podía haber sido cualquier otro diseño siempre que fuera de a dos. Mi pieza de rompecabezas debía complementarse con el espacio para colocarla en la muñeca de otro cuerpo. Nunca sucedió.

Un buen día de vacaciones universitarias, saliendo de mi penúltimo trabajo como practicante y mientras esperaba el bus que me llevaría a casa, me detuve a mirar la nada, dije en voz alta “es hoy” y crucé la pista hacia otra dirección. Estaba molesta. No recuerdo porqué, pero sí con quién. Estaba muy molesta. Mientras mi piel se teñía me sentí libre, dueña de mi cuerpo y de mis decisiones.

Archivo. Iquitos, enero 2014.

Igual sucedió con el tercer tatuaje que me hice en febrero del 2013. Una semana antes vi en Facebook que el amigo de un amigo se había tatuado una frase. Las letras se veían lindas en cursiva. La frase se desprendía de una canción noventera en inglés. Me pareció una genial idea. Siempre he creído que los tatuajes te encuentran a ti y no tú a ellos. También que las personas se vuelven adictas a la tinta y más que una moda se convierte en una necesidad sentir cada cierto tiempo un pinchazo que te vuelva a la vida, como un dolor placentero, pasajero y necesario.

Los siguientes días estuve pensando en canciones con frases pajas pero no tuve mucha suerte hasta el siguiente viernes. Esa noche, entre tarareos, vino a mí “Angels or Devils” de Dishwalla. Llegó de la nada trayendo consigo mucha nostalgia. “Sé que tomará tiempo pero juntos podemos lograrlo… ¿en realidad podremos lograrlo?” Fueron un montón de sentimientos confusos resumidos en “Are we ever gonna learn to fly?”.

Archivo, febrero 2013.

I can see the pain in you
I can see the love in you
but fighting all the demons will take time
it will take time.

The angels they burn inside for us
Are we ever
are we ever gonna learn to fly?
The devils they burn inside of us
Are we ever gonna come back down
come around?
I’m always gonna worry about the things that could make us cold.

Estar molesta o triste ha sido una constante cuando tomaba decisiones repentinas de hacerme nuevos tatuajes. También la necesidad de sentirme y verme diferente, menos sweet y más rebelde.

Así llegó el cuarto tatuaje, en una etapa difícil y de muchos cambios. Me veía sola y confundida aprendiendo, tal vez tarde, a bandearme como la mujer adulta en la que me había convertido. Muchos modelos me llamaron la atención, pero en cuanto vi ese diente de león cuyas cipcelas se convertían en aves, sentí que era como una oda a mi recién estrenada libertad.

Me lo tatué grande. Y aunque durante una semana se me pegaron a la espalda todos los polos de pijama que usé y la soledad me duró poco, fue una etapa intensa de mucho aprendizaje y ese tatuaje siempre me lo va a recordar.

Archivo, mayo 2017. Foto: Livushé Acuña.

Mi siguiente tatuaje me lo hice el mismo día que me fui de casa. Es una frase que mamá me ha repetido la vida entera y que se aplica para cada situación por la que atravesamos. Literalmente dice “todo cambia”, un práctico resumen de la frase original “la única verdad de la vida es el cambio”. Ese día, mi vida estaba a punto de cambiar radicalmente y para siempre.

El hogar, las personas que frecuentamos, la pareja (incluso si es la misma), nuestra manera de ver el mundo, las prioridades, los trabajos, el cuerpo, la vida. Todo cambia. Después de mi impulsivo tatuaje grupal, este fue el primero que me hice sin rabia y consciente de que era un mensaje hermoso, una historia digna de compartir y en honor a la persona más importante de mi vida. Al ser un aprendizaje tan personal, me lo tatué en árabe para que nadie pudiera entenderlo… y porque la escritura de este idioma me parece visualmente hermosa.

Archivo, noviembre 2014.

Empezando el 2015 me tatué la mandala que llevo en mi antebrazo derecho. Hasta el momento es el tatuaje que más me gusta. Desde esa época estoy buscando conectarme con mi lado espiritual, conocer a dios y crear un vínculo cercano con él. Todavía no lo he logrado, pero cada vez me siento más cerca. Este tatuaje representa además el centro de conexión de mi cuerpo con la sabiduría inagotable el universo. Y también de mi propio centro. Marcó un antes y un después por ser mi primer tatuaje elaborado.

Archivo, marzo 2015.

Mi séptimo tatuaje es una ilustración adaptada de Liniers y lo tengo en el antebrazo izquierdo desde mediados del 2016. Con Liniers tengo un tema muy bonito, no recuerdo si lo conocí gracias a Kevin Johansen o si conocí a Kevin Johansen gracias a Liniers (o al menos le tomé más importancia a su música a partir de él). Admiro la capacidad que tienen los historietistas de capturar la esencia de la vida cada uno en su propio estilo. Para mí son grandes genios no reconocidos. Si el resto de los mortales entendiéramos la vida un poquito como la entienden ellos, seríamos todos más felices. Por eso los libros de historietas son mis favoritos.

Estoy segura de que me tatuaré al menos una ilustración más.

De Liniers me gustan casi todos sus trabajos, particularmente la historia de Enriqueta y Fellini porque ambos tienen una visión inocente (son una niña y su gato) pero inteligente del mundo. La lectura como medio de escape y ventana hacia un mundo infinito que no conocen físicamente, pero que dominan gracias a los libros. La importancia de hacer una pausa y maravillarse con la naturaleza que les rodea. El valor de la amistad. Todo ello, resumido en un tatuaje:

Los Ilustres, diciembre 2016.

Mi último tatuaje está por cumplir tres meses y tiene un significado tan cursi como el primero que me hice. Me lo tatué exactamente 10 años después de empezar la universidad en honor a mis dos mejores amigas bausatinas y todo lo que vivimos juntas a lo largo de este tiempo. Solo una se tatuó las flores conmigo, la otra nos ayudó a elegir pero no es una persona de tatuajes. Inicialmente los diseños fueron exactamente iguales a excepción del color, pero debido a un imprevisto tuvimos que modificarlos y ahora solo parecen primos lejanos.

Mi amiga se quiere hacer un cover porque no le ha gustado el resultado final y yo la quiero matar porque pude usar esa zona (y el dinero) para otro diseño. Aún con todas esas, cada vez que lo veo me recuerda cosas bonitas y finalmente esa fue siempre la idea.

tattoo friends

Los primos hermanos, febrero 2018.

Los que no llegaron a ser

La lista es extensa. Algunos por salud y otros por falta de presupuesto. Por ahí también me dejé llevar por corazonadas que me sugerían futuros arrepentimientos.

Solo hay un tatuaje del que estaba completamente segura y no pude hacerme por temas logísticos: “Just breathe“, una canción de Anna Nalick cuyo título me recordaría por siempre que hay que tomarse un tiempo prudente para oxigenar el cerebro antes de estallar. O, aún mejor, para evitarlo. Era mayo de 2016.

Cada vez que leo just breathe, me recuerdo perdiendo el control e intentando recuperarlo. Siempre parada en el mismo lugar. Me lo quería tatuar en el anular izquierdo, único dedo con una vena que conecta directamente al corazón, donde solía usar mi anillo de compromiso.

There’s a light at each end of this tunnel
You shout cause you’re just as far in as you’ll ever be out
And these mistakes you’ve made
You’ll just make them again if you’ll only try turning around.

Si han pensado tatuarse los dedos de la mano o algún lugar cercano a la planta del pie, les sugiero leer con detenimiento los comentarios del siguiente post para que se convenzan de desistir:

Clic en esta imagen para ir a la publicación original.

Somos muchos los que sentimos la necesidad de marcar hitos en nuestra piel. Los problemas y las alegrías son pasajeras, pero detenerte a mirar esa imagen que marcó (para bien o para mal) una etapa importante en tu vida es recordar tu esencia, cómo llegaste a ser quien eres hoy.

Sé que ya quemé la etapa de tatuarme impetuosamente y que, en adelante, los diseños que elija serán más elaborados, más artísticos. Han pasado tantos años. Lo que nunca cambiará es la sensación de emancipación que se apodera de mí cuando una pistola para tatuar se enciende.

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3 pensamientos en “El porqué de mis tatuajes

  1. Diana dice:

    Me encantó leerte ! . 🙂

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